De las huellas de Auschwitz a las pantallas de Teherán: 1944 es ahora

06/Feb/2026

Diario Judío México- por Yoav Heller

 

 

Los informes que llegan desde Irán pintan un panorama que desafía la comprensión humana: relatos de decenas de miles de muertos en un solo día de brutal represión. No se trata de dispersar protestas; es la matanza masiva de civiles que anhelan la libertad. Lo que está sucediendo hoy en Irán es un momento en el que la realidad pide a gritos una definición moral simple.

 

En mayo de 1944 ya se conocía el destino del judaísmo húngaro. Un informe detallado de dos sobrevivientes que escaparon de ese infierno, Alfréd Wetzler y Rudolf Vrba, estaba en los escritorios de los gobiernos occidentales. Documentó, con escalofriante precisión, el funcionamiento interno de la máquina de exterminio de Auschwitz.

 

A pesar de esta información granular, los aliados tomaron una decisión consciente y estratégica: no bombardearían las vías del tren ni los campamentos. Priorizaron la cautela diplomática y la conveniencia militar por encima del rescate de un pueblo inocente que enfrentaba una matanza sistemática y organizada.

 

La historia se repite de maneras diversas y aterradoras. Por supuesto, hay que distinguir —mil veces— entre el Holocausto, un crimen único e inimaginable contra el pueblo judío, y los acontecimientos actuales en Irán. Sin embargo, hay un punto singular en el que el pasado y el presente se cruzan con una claridad horrorosa: la visión del mundo “iluminado” que permanece de brazos cruzados frente a matanzas en masa documentadas.

 

Lo que está sucediendo hoy en Irán es un momento en el que la realidad pide a gritos una definición moral simple. Estados Unidos es actualmente la única potencia que empieza a mostrar un espejo ante este silencio.

 

Los informes que llegan desde Irán pintan un panorama que desafía la comprensión humana: relatos de decenas de miles de muertos en un solo día de brutal represión. No se trata de dispersar protestas; es la matanza masiva de civiles que anhelan la libertad.

 

A diferencia de 1944, esta información no está enterrada en cables de inteligencia cifrados. En cambio, se está transmitiendo en vivo a todos los teléfonos inteligentes de la Tierra. La brecha entre estas atrocidades y la respuesta global es asombrosa, y el peso principal de esta responsabilidad recae en Europa.

 

Fue en suelo europeo donde tuvo lugar el Holocausto; fue en esas capitales donde se concibieron los planes de exterminio. Europa, más que ningún otro lugar, debería haber internalizado que “Nunca más” no es un lema para ceremonias, sino un llamado a la acción. Y aún así, esa misma Europa se retira una vez más a cumbres huecas mientras el verdugo de Teherán opera sin restricciones.

 

La postura decidida adoptada por Estados Unidos hacia el régimen del ayatolá no nace del puro altruismo. Está claro que Washington está impulsado por una estrategia fría: frenar el eje radical, garantizar la estabilidad regional y mantener una ventaja sobre China. Pero en la política global, los movimientos más significativos ocurren cuando los intereses estratégicos se alinean con una causa moral.

 

Este enfoque ha puesto de manifiesto un asombroso doble rasero dentro de la comunidad internacional. Las mismas organizaciones que condenaron a Israel —mientras libraba una guerra por la supervivencia contra los terroristas genocidas del 7 de octubre— permanecen en silencio ante la matanza masiva de civiles en Irán. Pero sostener un espejo es sólo la mitad de la batalla.

 

Para garantizar que este momento no se convierta en otra nota histórica del fracaso humano, debe conducir a la acción. La historia nos enseña que el mal a esta escala no se detiene con discursos. Para evitar que Irán se convierta en un “Valle de la Sombra de la Muerte” definitivo, la administración estadounidense debe terminar lo que empezó: pasar de advertencias verbales a una campaña decisiva que desmantele el poder del régimen para oprimir.

 

El mensaje para Europa es claro: la era de la hipocresía ha terminado. Cuando un continente que vio a millones de personas masacradas en su propio suelo elige “cautela diplomática” frente a un asesinato en masa, traiciona su propio legado histórico. Así como el régimen nazi sólo fue detenido por la fuerza, el régimen de terror en Teherán debe ser desmantelado.

 

La cuestión no es el costo de la intervención, sino cómo se verá el mundo a sí mismo si no actúa. La historia no perdonará a los líderes que ignoran los gritos de Irán, especialmente a aquellos en Europa que viven entre las sombras del Holocausto.